Cuentos que inspiran

Descubrí esta historia cuando revisaba los mil ebooks (qué exagerada!!) que tengo almacenados en mi PC. Leí el prólogo de Lo mejor de la ciencia ficción Latinoamericana   (Bernard Goorden y Alfred E . Van Vogt)  y ya desde el inicio prometía historias interesantes pero no esperaba encontrarme con mi nuevo cuento favorito. Es más, me impresionó tanto que sin duda es la clase de relatos que busco escribir, es decir este cuento y su autor se han convertido en mi “role model”, simplemente perfecto.

Dejo aquí una mini reseña del autor Carlos María Federici Nacido en Montevideo (Uruguay): en 1941, Carlos María Federici, dibujante e ilustrador de talento, es ante todo un autor de obras policíacas, en cuyo género tiene publicados muchos cuentos y excelentes novelas tales como La orilla roja (1972), Mi trabajo es el crimen (1974)y Dos caras para un crimen (1975). Fue la revista española Nueva Dimensión la que lo revelócomo un excelente autor de ciencia ficción, precisamente con este cuento. Desde entoncesha seguido publicando su obra con regularidad en la mayoría de las publicaciones del género.

Primera necesidad

Cuando entró el Flaco, yo había llegado ya al límite de mi resistencia y estaba pensando en tomar medidas drásticas. Incluso tenía en la mano la tenaza de mecánico que me había prestado Willogh, y estaba sopesando los pros y los contras. Ignoro lo que hubiera ocurrido entonces; pero, afortunadamente, fue en ese preciso momento cuando el Flaco llegó con noticias. Casi me abalancé sobre él.

—¿Y?

Sonrió, confortador.

—Hecho, patrón —dijo—. Ya está localizado el A. P. N. Puede estar tranquilo.

Lo invité a sentarse en un cajón y me ubiqué frente a él.

—¿Son muchos? —le pregunté.

—Bueno… —repuso, tras meditarlo unos instantes—. Son bastantes, pero tienen tres tullidos y un ciego. Creo que podremos arreglárnoslas, sobre todo si les caemos de sorpresa. Se ve a la legua que son novatos; no conocen esto.

—Podremos —afirmé. Teníamos que poder, me dije—. Y una cosa, Flaco: ¿qué hay del A. P. N.? ¿Es hombre o mujer?

Se rascó un sobaco bajo la piel de perro que lo cubría y luego contestó:

—Eso no se lo puedo decir. La información me la pasó Sammy, y no me habló nada de ese asunto.

—Pues espero que sea hombre —dije—. Si no, la cosa se va a complicar el doble… Bueno, llama a los otros, Flaco—ordené.

En un minuto estuvo reunido todo el elemento masculino del grupo. Se ubicaron como pudieron entre los escombros y me miraron como el perro al amo. Ya sabían de qué se trataba, y había tres o cuatro que estaban tan desesperados como yo mismo. Mejor, pensé; de ese modo, van a luchar con todo.

—Bueno, chicos—comencé—, el A. P. N. ha sido localizado. El Flaco, aquí presente, les va a dar toda la información. Adelante, Flaco.

Avanzó él un tanto aparatosamente —no puede olvidarse de sus buenos tiempos de orador gremialista, supongo—, y se apoyó sobre el garrote, asumiendo una actitud que debió de haberle las mujeres ponerse a preparar agua caliente y trapos, porque había que estar prontos para curar a quienes lo necesitasen. No esperábamos salir intactos, claro. Yo me reservé a dos de ellas para otro trabajo. Se me había ocurrido algo que daría el toque maestro a nuestro plan de combate. Por último, quedaba lo más importante: había que revisar a conciencia a cada uno de los del grupo, por si alguno tenía armas encima. Sin ir más lejos, un mes antes se había colado un puñal en una pelea y había resultado un tipo muerto. Esas son cosas que es preciso evitar a toda costa. Quedamos muy pocos en Manhattan, como para darnos el lujo de liquidarnos así. Liarse a garrotazos está bien; es la ley de los grupos y, por desgracia, la única  manera de entenderse. Pero nada de tiros ni cuchilladas. Al que rompe esa ley cardinal, se le condena al ostracismo riguroso. Es el peor castigo. Un hombre solo no dura mucho en estos días. Si no muere de hambre lo terminan los perros salvajes o las ratas, o lo aplasta algún derrumbe atrasado… Es una ley muy dura; pero no cabe duda de que es la única forma de evitar la suciedad en las luchas de grupos.

Por fin estuvimos listos para marchar. Una gallarda tropa, me dije amargamente, pensando en Corea y mirando las fachas de mis hombres, adornados con cicatrices y moretones, y engalanados como para un Carnaval. Pero sabían dar fuerte, y eso era lo principal. Nos pusimos en marcha, avanzando agachados por detrás de las colinas de ladrillo, argamasa, cemento y vigas retorcidas que alguna vez —¿cuánto hacía ya de eso?— habían recibido el elegante nombre de Rockefeller Center.

Imposible avanzar por la Quinta Avenida. Ni con una grúa nos hubiésemos abierto paso. Madison, por el contrario, estaba demasiado llana. No nos convenía. Siempre hay algún vigía rondando por ahí.  Tomamos la de las Américas, cortando por callejones laterales cada vez que los obstáculos se hacían demasiado grandes como para superarlos. A la altura de la calle Cincuenta y Siete, nos frenó el agujero más grande que había visto hasta entonces.

—¡Alto! —ordené, levantando una mano—. Una «mastodontera».

Así le llamamos a los hoyos de bomba. El nombre clásico de «zorreras» resultaría inadecuado…: ¿quién ha oído hablar jamás de zorros de noventa y ocho metros? La «mastodontera» estaba inundada. Podríamos haberla cruzado sobre los tablones que flotaban dentro de la lodosa agua, pero aquello era ponerse demasiado en evidencia. Preferí dar un rodeo por detrás de los escombros hasta Columbus. Esto nos alejó bastante, pero era mejor ser prudentes.Entramos al parque por la Sesenta y seis. A golpe de garrote nos fuimos abriendo camino a través de la verdadera selva que era todo aquello. Ya era casi mediodía y el calor empezaba a hacerse sentir.

La transpiración nos pegaba las pieles al cuerpo. Un «perfume» no muy floral comenzó a invadir nuestras inmediaciones.

—¡Maldita sea! —gruñó Curls, rascándose el protuberante abdomen peludo—. Nos van a descubrir

por el olor… Tendríamos que bañarnos una vez al año, por lo menos.

Algunos se rieron. Yo no pude. Me acaricié la mejilla.

—Tenemos que arrebatarles al A. P. N. —y mis dedos aferraron el garrote.

—¡Cállense, animales! —masculló Bull, colérico—. ¡Nos van a oír!

Atravesamos lo que había sido el zoológico, ahora un bosque de barrotes hechos pasta dentífrica, y cuerpos de bestias en descomposición. Dos gatos, que banqueteaban sobre los restos de un inidentificable cuadrúpedo, salieron disparados, todo huesos, erizada piel y amarillos ojos enloquecidos. No pude evitar estremecerme ante la vista pesadillesca de los felinos… Me pregunté qué aspecto tendría yo mismo, con barba de seis semanas —de un solo lado de la cara—, una mejilla hinchada y media cabeza lisa como un flan; para colmo, iba con unos pantalones de mujer y empuñaba un garrote.

Salimos del Zoo y nos fuimos escurriendo por debajo de un gigantesco tronco. La suerte parecía sonreímos: las ramas y las hojas formaban un verdadero telón delante de nosotros. Podríamos acercarnos bastante sin ser vistos.

Por fin avistamos la aguja del Obelisco de Cleopatra. Irónicamente, se mantenía en pie, en tanto que el Empire, el Chrisley y la Catedral de San Patricio, siglos más jóvenes, mordían el asfalto. Al lado del obelisco, el viejo Metropolitan Museum exhibía sus heridas, sangrantes de manipostería.

—Bueno —anuncié—. Es el turno de los voluntarios.

Hubo un silencio. Todos parecían interesados en mirar a otra parte.

Bull ofreció:

—Yo te convenzo a unos cuantos, Matt —y cerró los enormes puños; pero yo sacudí la cabeza.

—Contigo y conmigo bastará, Bull. Los demás, quedan a las órdenes del Flaco. Rodeen el sitio, y cuando vean que yo señalo hacia el obelisco, ataquen.  Alguno protestó todavía, pero al fin quedó convencido. Bull y yo cargamos con unos cueros de vaca rellenos de papeles —éste era el trabajo que había encomendado antes a las mujeres—, y caminamos sin vacilar hacia el ruinoso museo.

No pasó mucho tiempo sin que nos gritaran que nos detuviéramos.

—¡Queremos unirnos a su grupo! —vociferé—. ¡Traemos comida!

Abracadabra. Los cueros de vaca rellenos parecían, de lejos, un animal muerto, y los individuos estaban tan hambrientos que ni desconfiaron. Vacilaron un poco, pero al cabo fueron emergiendo uno por uno de la madriguera. Nos rodearon, relamiéndose por anticipado.

—¿De dónde vienen? —preguntó un gigante de espesa barba rubia, que sin duda era el jefe. Llevaba un cuello alto y unos estrafalarios shorts de Bermuda.

—Del campo —repuse.

—¿Cómo no les vimos acercarse?

—Es que vinimos atravesando el parque. Por aquel lado —dije, y señalé hacia el obelisco.

La mía era una tropa disciplinada. En pocos segundos estuvieron sobre nosotros. La sorpresa fue total. El ruido de los cráneos sacudidos era una gloria. Entre el maremágnum de los garrotazos, busqué con los ojos al A. P. N. No me cosió ubicarlo. Era hombre, por fortuna. Su actitud era la acostumbrada. Miraba la lucha con aire un poco ausente, como si sólo en forma indirecta le concerniese. Había algo de dilettante en su porte, algo de espectador de un partido de rugby. El condenado sabía que, cualquier que fuese el resultado, él seguiría pasándoselo bien. No le importaba gran cosa qué grupo lo adoptase. Se notaba incluso que estaba habituado a pasar con frecuencia de mano en mano. Acodado en una de las ventanas, sus ojuelos astutos nos observaban condescendientes. Por fin el rubio alzó la mano.

—Es… tá bien —jadeó, restañándose la sangre que le fluía de la aplastada nariz, otrora prominente

—. Ganaron ustedes… ¿Qué… cuernos… quieren?

—La sacan barata —contesté—. Nos quedamos con el A. P. N. Pueden llevarse todo lo demás.

Hubo un mirar de súplica en sus ojos grises; pero no me ablandó. Primero está el grupo de uno, y además… Con un temblor, recordé las tenazas de mecánico. Se fueron. El individuo de la ventana, comprendiendo, descendió lentamente a nuestro encuentro. Era bajito y calvo, y había en sus maneras un insultante aire de superioridad. Vestía un traje bastante discreto, si bien lucía un remiendo de color bermellón precisamente en el trasero. Bajo el brazo, noté con tremendo alivio un portafolio negro.

—Me gusta el pescado —dijo a bocajarro.

—Está bien—repliqué.

—Y dormir en colchón blando, si no le importa.

—Está bien…, lo tendrá.

—Habrá un buen techo, claro —insinuó.

—Y fuego, y mujeres, y todo lo que quiera —aseguré.

Se pasó la lengua por los finos labios.

—Mujeres… ¿con pelo?

—Nos quedan nueve. Dos rubias —y me mordí la lengua pensando en Lydia.

—Perfectamente. Me quedo con ustedes.

En un instante lo rodearon, pero yo me abrí paso a empujón limpio.

—¡Atrás, marranos! —grité.

Arrastré al hombrecito por un brazo, ignorando el gutural coro de protestas que provoqué. Penetré con el Artículo de Primera Necesidad en el museo y me desplomé en el primer asiento que encontré.

Lo miré anhelante.

—Yo primero, doctor —pedí—. ¡Esta maldita muela me está matando!

Y abrí la boca tan grande como pude.

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2 respuestas a Cuentos que inspiran

  1. elficarosa dijo:

    ¡Y tanto que es de primera necesidad! ;)))))

    Le gusta a 1 persona

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